Tras los últimos sefardíes

26/Ago/2014

El País, España, Belén Hernández Granada

Tras los últimos sefardíes

Varias iniciativas
privadas museísticas en Granada revitalizan la memoria de los judeoespañoles

Recuerdan su cultura, su
historia, sus personajes y sus costumbres“Por su aspecto, la gente
suele llamarla la estatua del moro, pero en realidad fue un gran médico, poeta
y traductor judío, nacido en Granada”. Junto a Yehudá Ben Saúl Ibn Tibón, que
alza su figura en un pedestal a la entrada del barrio del Realejo (Granada),
está Beatriz Chevalier (París, 1970), que explica a un grupo de turistas
ingleses la historia y las costumbres de los judíos que habitaron Granada a lo
largo de los siglos.
Esta estatua es uno de
los puntos clave de la ruta guiada que ofrece el Centro de la Memoria Sefardí,
del que Chevalier es la responsable. Sus visitantes recorren el antiguo barrio
judío de la ciudad, bautizada por los musulmanes como Garnata al yahud, que
significa ‘la Granada de los judíos’, de la que no quedan restos arquitectónicos.
A esta iniciativa
privada, que trata de revitalizar la cultura, la historia, los personajes, la
vida y las costumbres de los judeoespañoles en Granada, ciudad donde en 1492
los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión de los judíos de la península
Ibérica, se ha unido otra más desde enero de 2014. “La Granada mora y cristiana
nadie la discute, y, sin embargo, pocos conocen la Granada judía”, asegura
Andrea Pezzini, gerente del Palacio de los Olvidados, otro museo temático
ubicado en el barrio del Albaicín. Es, además, un espacio promovido por la
familia Crespo López, también dueña de la Sinagoga del Agua, ubicada en Úbeda
(Jaén), otro punto histórico de la España judía.
En 1492 los Reyes
Católicos firmaron el edicto de expulsión de los judíos de la peninsula
Dos de las piezas
centrales del Centro de la Memoria Sefardí, abierto desde marzo de 2013 en la
casa de su promotora, también en el Realejo, son un menorá, que había estado
escondido 50 años en el garaje de un matrimonio de judíos españoles afincados
en Alemania, y un pergamino con el Cantar de Salo món (Shir Hashirim, en
hebreo), cedido por la comunidad Lubavitch de Francia. “Los visitantes se darán
cuenta de que, para nosotros, lo verdaderamente importante no es el valor de
estas piezas, que recopilamos poco a poco, sino la historia que encierran”,
explica Chevalier.
La colección de esta
historiadora, afincada en Granada desde hace 24 años, incluye una copa de vino
para la celebración del shabat, además de un shofar, el cuerno que anuncia el
Año Nuevo judío (Rosh Hashaná, en hebreo). Está compuesta, en gran parte, por
piezas donadas por su familia materna. Su abuela, originaria de Baza (Granada),
y su madre, judía conversa y exiliada en Francia desde los años sesenta, son
los pilares de la fe que profesa esta francesa. “Mi abuela casi no hablaba
español. De pequeña, cuando veníamos a Granada de vacaciones, recuerdo
escucharlas hablar ladino a mi madre y a ella. Son las que me lo enseñaron”,
apuntilla emocionada Chevalier sobre uno de los dialectos que los judeo es
pañoles hablaban en la Península antes de su expulsión.
Durante la ruta,
Chevalier recuerda la visita de Sally Perel, víctima del Holocausto, que
presentó en el centro sus memorias Tú tienes que vivir. “Aunque algunos piensen
lo contrario, en este centro no se habla de política, se habla de historia”,
sentencia la responsable después de dar por finalizada la visita guiada. Ya es
viernes por la tarde, a punto de la puesta de sol. Chevalier enciende dos
velas, coloca el vaso de vino y dos panes trenzados, que posa en una mesa en la
sala principal del centro. Es hora de comenzar el shabat, más de 500 años
después de que el último judío lo celebrara en el mismo lugar.